En los primeros meses del 2025, tomamos una de esas decisiones que se sienten más con el corazón que con la cabeza: viajar a las Islas Galápagos, una de las joyas naturales del planeta y orgullo ecuatoriano. Como suele ser nuestro estilo, no hicimos una planificación rígida ni un itinerario detallado. Lo único claro era el deseo de desconectarnos del día a día, sumergirnos en la naturaleza y dejarnos sorprender. Y vaya que lo logramos.

Día 1: Rumbo al paraíso
La aventura comenzó bien temprano en Quito. Salimos al aeropuerto con la emoción a flor de piel, hicimos una escala corta en Guayaquil y, finalmente, volamos hacia las islas encantadas. Al llegar, nos esperaba un guía amable que nos acompañó en el traslado desde el aeropuerto: tomamos un bus, luego cruzamos el canal en un pequeño ferry y así llegamos a Santa Cruz, una de las islas principales.
Nuestra primera parada fue en Los Gemelos, dos grandes depresiones volcánicas rodeadas de un bosque húmedo único. Luego visitamos la Hacienda Primicias, donde pudimos ver, casi en libertad, a las famosas tortugas gigantes que dan nombre a estas islas. Verlas tan cerca fue una experiencia que nos llenó de asombro y respeto. Cerramos el día explorando los Túneles de Lava, verdaderos pasadizos subterráneos formados por antiguas erupciones.

Esa noche, ya instalados y con el cansancio justo que deja un buen día, disfrutamos nuestra primera comida en la isla: un delicioso plato de mariscos en La Cevichería. (Subimos nuestra reseña aquí).
Día 2: Snorkeling entre peces de colores
El segundo día fue una verdadera postal submarina. Tomamos una excursión hacia las islas Pinzón y Daphne. El snorkeling en esas aguas cristalinas fue mágico: cardúmenes de peces de colores, mantarrayas que parecían flotar en cámara lenta, y una tranquilidad marina que difícilmente se encuentra en otro lugar del mundo.
Nadar junto a tanta biodiversidad nos dejó sin palabras, pero con una sonrisa que duró todo el día.

Día 3: Explorando la bahía de Santa Cruz
El tercer día lo dedicamos a conocer a fondo los alrededores de Puerto Ayora, en un tour de bahía. Visitamos sitios icónicos como el Canal del Amor, un estrecho rodeado de vegetación y leyendas locales; el Canal de los Tiburones, donde pudimos ver de cerca a estas criaturas reposando en las sombras; la Playa de los Perros, con sus curiosos iguanas marinas, y Las Grietas, una formación rocosa perfecta para nadar en aguas tranquilas y transparentes.
Este recorrido nos permitió entender por qué Galápagos no es solo mar y animales: es también historia, geología y una conexión profunda con la tierra.

Día 4: Bartolomé y los delfines
En nuestro penúltimo día, fuimos a uno de los lugares más emblemáticos del archipiélago: la isla Bartolomé. El trayecto en bote fue una experiencia por sí sola: en el camino vimos delfines que nos acompañaban, saltando y jugando con las olas.
Una vez en la isla, subimos hasta el mirador para contemplar la vista del famoso Pinnacle Rock y el contraste de los paisajes volcánicos con el turquesa del mar. Parecía un escenario de otro planeta.

Día 5: Hasta pronto, Galápagos
El último día fue más silencioso. Tal vez por el cansancio, o tal vez por esa nostalgia anticipada que acompaña a las despedidas. Tomamos el vuelo de regreso al continente con el corazón lleno y la memoria rebosante de experiencias inolvidables.
Este viaje a Galápagos fue distinto. No por la falta de planificación, sino por todo lo que ganamos al dejarnos llevar. Cada lugar nos habló en su propio lenguaje: el viento entre los manglares, el silencio de los túneles, el canto de los pájaros, el chapoteo de los delfines.
Si alguna vez te preguntas si vale la pena visitar Galápagos, la respuesta es un sí rotundo. No hace falta tener todo organizado. Basta con tener el corazón dispuesto a dejarse maravillar.
Nosotros lo hicimos, y volveríamos una y mil veces más.
